martes, 29 de agosto de 2023

Carta pública a la juventud desadaptada

Muy probablemente todos los lectores de esta carta abierta pueden identificar algún listado de eventos en los que se han comportado como completos imbéciles. Para algunos podría resultar ofensivo reconocer este hecho tan verosímil como el hecho mismo de vivir. Para otros podría resultar abrumante reconocer tan reiterativamente tal pestilencia que con álgida frecuencia está presente en sus vidas. En medio de ambos, también, podemos encontrar a aquellos que con buena cara y sin mucha objeción reconocen la imperfección humana como una posibilidad para aprender y crecer. Pero, sin importar quién seas tú quien estas leyendo esta carta, te verás confrontado siempre por dos perspectivas acerca de este adjetivo que categoriza un grupo determinado de comportamientos que con mucha seguridad a todas las personas les toca vivir, estas son la perspectiva personal y la perspectiva del entorno particular. En todo caso, es innegable que existe en uno, con uno, o fuera de uno, un punto de referencia acerca de cómo nos definimos con nuestro comportamiento en los diferentes momentos de nuestras vidas.

Sin adentrar mucho en los detalles un comportamiento imbécil puede incluir desde atentados contra el bienestar hasta faltas contra la verdad. Además, siempre se puede ser más imbécil, incluso sin querer serlo. En la mayoría de los casos es casi automático, casi como respirar, casi necesario. A veces son inevitables, y uno los comete sin darse cuenta a pesar de siempre darse cuenta con posteridad, como si estuviese determinado por la imbecilidad. Ni si quiera el hombre más avidoso de voluntad puede ser ajeno a comportamientos como quebrantar el orden en su corazón y generar convulsiones tristes, vergonzosas o hirientes en su entorno. Nadie está exento de estos curiosos lunares de la condición humana. Incluso, en el lugar menos pensado, en almas ingenuas, calmas y plenas, omisiones tan estridentes, balbuceos poco pensados o quietudes tan faltos de coraje o de ambición pueden llegar a ser vistas como sucesos que con mucho pesar ameritan una reflexión y atención mayor y cumplen con ser "lo que siempre puede ser mejor".

Muchos actos imbéciles están maquillados con propósitos de justicia, con necesidades de desahogo. Otros podrían justificarse en la pereza, en el conformismo, e incluso en el ímpetu. A decir verdad, hay una fuente inagotable de razones para cometer actos imbéciles. Las consecuencias de estos actos podrían ser contraproducentes, generalmente lo son, aunque no se debe negar que pueden ser también consecuencias positivas. Por ejemplo, la necesidad de hacer prevalecer el yo podría herir a otros, o la cotidianidad de los actos podrían dar estabilidad a las cosas. Esta carta no pretende desmerecer el valor de los actos imbéciles, ni mucho menos representar un juicio sobre la prevalencia de algunos actos sobre otros. Un hermoso verso declama lo siguiente: "Deja que todo ocurra, hermosura y espanto, solo hay que andar". Sin embargo, algunos caminos son más convenientes que otros. En todo caso, las heridas deben ser curadas y los perdones deben ser pedidos. Perdón.

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