Quiero comenzar este escrito reconociendo que me siento entre muchas otras cosas triste. Debería encontrarme durmiendo ahora mismo, como también todos los días de las dos semanas anteriores. Quisiera volver al pasado y decirme a mi mismo que estos días tenían la posibilidad de llegar. Realmente, cuando era más menor, nunca me figuraba la idea de que no dormir, no tener un sentido en la vida, y no tener un proyecto de vida no tener propósitos claros podían ser realidades que me acompañen desde adentro.
¿Cuándo comenzó todo? Pregunta válida o inválida, nadie sabe. Lo único que queda claro es que esas realidades están aquí y han venido estando ya desde hace un buen tiempo, y hasta quizás ya sea un buen tiempo para que se tomen un descanso.
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Soy otra persona, pero también la misma.
Y me falta el aliento al llorar, al pensar en mi madre, en mi hermano, en mi padre y en mi familia y en las personas que alguna vez conocí. Lloro por tantas promesas que no cumpli. Lloro por tantas promesas que ni siquiera puedo proponerlas.
Y me embarga tanta lágrimas que mis ojos arden. Ya no quedan lagrimas, solo sangre. Ya no queda tristeza, sino dolor. Eso es lo que sucede cuando se hacen las cosas mal y luego de ello te quedas esperando a que se arreglen por sí solas.
Nada se arregla por si solo.
Tan solo me gustaría amanecer mañana en los brazos de mi mamá y mi papá y saber que siempre podré regresar a ese lugar.